Autocritica o voluntad

¿Autocrítica o voluntad?

Jorge Sotelo (Grupo Perú)

Parece una verdad de Perogrullo pero la responsabilidad de la derrota en las últimas elecciones es pura y exclusivamente del FPV. El adversario tiene siempre el cometido, la necesidad y el deber de vencernos ¿De quién más sería la falla si no nuestra?

En medio de la sorpresa y el desaliento, surgieron entonces desde diferentes lugares los pedidos de autocrítica. Debo reconocer que no me entusiasmé nunca con ellos. Y no por una tendencia a negar la realidad para evadir una situación incómoda (de hecho, desde mucho antes tenía identificada una ristra de “errores” tácticos y estratégicos), sino simplemente porque dudo de su utilidad.

En medio de la sorpresa y el desaliento, surgieron los pedidos de autocrítica.

La autocrítica, concepto caro al marxismo, refiere a la identificación de los errores, el estudio de sus causas y el análisis de los caminos para superarlos. No desconozco que la postura políticamente correcta, más atinada, con mejor prensa es reclamar autocrítica. Comparto que, en términos teóricos, su práctica debe ser indudablemente provechosa, pero desconfío, en el mundo terrenal, de su carácter situacional. Que se entienda bien, creo que crítica y autocrítica son cualidades inherentes a la acción política, no creo en el momento áureo de la autocrítica, en su carácter distintivo, extrínseco y circunstancial.

El concepto de autocrítica alude también a la asunción de responsabilidades que permita saldar conflictos internos y reafirmar la unidad de las organizaciones políticas. Esta dimensión está mucho más imbricada en las luchas internas de poder, lo que se puede derivar de la misma definición pero también constatar históricamente. No tengo dudas de que gran parte de los reclamos se originan en este contextos, así como otros simplemente en la desazón de la derrota.

Proliferaron las miradas conspirativas, la búsqueda de culpables, la denuncia de operaciones, la detección de traidores.

Lo cierto es que, junto con los reclamos, han proliferado las miradas conspirativas, la búsqueda de culpables, la denuncia de operaciones, la detección de traidores. Que la relación K / P, que el armado de las listas, que Cristina no apoyó lo suficiente, que quería que Scioli gane por poco, que se eligió al peor candidato en provincia y eso tiró todo abajo, que el fuego amigo, Aníbal, Julián, Espinoza, que Lanata que la Lanatta, que los intendentes, que los que jugaron a dos puntas, que los muchachos de La Cámpora, que la relación con los gremios, que sino no se explica que Vidal…, que Cristina de nuevo, que Zanini… Esto se multiplica a escala local. En algunos casos, terminaron incluso en acusaciones graves.

El problema es que las miradas conspirativas vueltas hacia atrás, más que fuerza explicativa del derrotero de la derrota, tienen el poder sumamente eficaz de clausurar la mirada política. Y es justamente cuándo más la necesitamos: no hay posibilidad de entender lo que pasó y encontrar el camino de salida sino es a través de una mirada política lúcida. Pero además, las miradas conspirativas tienen otra particularidad: profundizan la frustración y el desconcierto.

Las miradas conspirativas tienen el poder sumamente eficaz de clausurar la mirada política.

Al lado del concepto de autocrítica debe situarse el de voluntad, en tanto disposición y determinación para producir un proyecto político, suscitar procesos y ampliar el campo de lo posible. Es aquel elemento político siempre en pugna con las restricciones. La voluntad no es una instancia previa a la actuación, por el contrario también es inherente a la acción política. Y la modula.

Ambas otorgan a los hombres y mujeres un rol activo en la relación compleja entre estructura y sujeto en el devenir histórico: se sitúan en el polo del sujeto de dicha dicotomía. Esto las acerca a la acción política y las aleja del determinismo.

Reconozco que siempre fui más del palo de la voluntad que del de la autocrítica. La voluntad me parece más productiva que la autocrítica. Y la verdad es que para salir del laberinto por arriba, como decía Marechal, se precisa más de voluntad y determinación que de momentos privilegiados de enumeración de errores y responsabilidades. Creo que no es necesario aclarar que esto no implica optar por un voluntarismo bobo ni olvidar los desaciertos. Estoy señalando, desde mi punto de vista, qué elemento debe prevalecer.

Sin pedir carnet de peronistas ni de progresistas a nadie.

Al fin y al cabo, un rasgo distintivo del proyecto político que hizo posible los últimos doce años de gobierno fue precisamente ése: la voluntad. La voluntad es el sustrato de la capacidad político estratégica que implica no solamente determinación para fijar y sostener un rumbo, sino también el arte de lidiar con el conflicto y dominar los acontecimientos para realizar el propósito político. Algunos podrán argüir que parece ser que la proverbial capacidad político-estratégica del kirchnerismo falló en los últimos tiempos. Y quizá tengan razón, o mejor, evidentemente tienen razón.

Sin embargo, allá en el 2001, cuando nada hacía pensar que era posible una salida superadora, nacional y popular, a la situación de crisis, fue la voluntad lo que llevó a Néstor Kirchner a buscar apoyos de las más variadas latitudes del espectro político, de dentro y de fuera, sin pedir carnet de peronistas ni carnet de progresistas a nadie, bajo la única condición de que apoyaran un proyecto que iba en el sentido de los intereses del pueblo. Fue la voluntad la que le permitió la audacia de usar las oportunidades que el azar ofrecía para colarse por la ventana y llegar al poder. Una verdadera equivocación de la historia, un descuido del determinismo. Seamos justos, y las condiciones objetivas también. Pero lo que pone en acto las potencialidades de la situación objetiva es la voluntad.

El peronismo fue siempre voluntad

Los espontáneos que se pusieron al hombro la campaña entre la primera y segunda vuelta y lograron que la diferencia fuera apenas de setecientos mil votos, reclaman autocrítica. ¿Dónde estaban los dirigentes? ¿Y dónde están ahora, cuando los necesitamos? El reclamo de autocrítica, en este caso, expresa la disconformidad, pero lo que está por detrás es claramente una demanda de liderazgo, se reclama compromiso, pelotas y organización para reconstruir las condiciones de posibilidad del proyecto y evitar los retrocesos que estamos sufriendo.

Pero también reclaman autocrítica los que se consideran más peronistas y siempre miraron con recelo al kirchnerismo. En este caso para recuperar espacios dentro del movimiento. Y también los que están en gestión y quedaron ahora al descubierto. Y también los que quieren buscar algo de calor en las filas del adversario. Etcétera, etcétera.

¿En serio podemos creer que una autocrítica puede ser beneficiosa?

Lo que hace falta es voluntad de volver, juntarse sin tantos prejuicios, resolver cuestiones de poder interno, tener la mirada larga y el pecho ancho para acoger a los compañeros vengan de donde vengan.

El peronismo fue siempre voluntad.

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