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Cuerpo a cuerpo

Por Raúl Olocco (Grupo Perú)

Llaman “Espíritu de cuerpo” a ese particular comportamiento que se pone en marcha para solidarizarse con los integrantes de un colectivo en particular. Lo ponen en práctica los profesionales de distintas disciplinas, los miembros de comunidades religiosas, los periodistas, los políticos, los gremialistas, los integrantes de fuerzas de seguridad y todos aquellos miembros de cuanto colectivo social se vea amenazado por  alguna acusación, con el objetivo de minimizar u ocultar cuestiones relacionadas con malas praxis, pedofilia, difamaciones, acciones represivas etc.

Este particular proteccionismo de comportamientos individuales o grupales por todos los integrantes de un mismo espacio, conduce casi siempre al inevitable destino de complicidad, por cuanto en general pretende, en el mejor de los casos, meter bajo la alfombra la mugre  producida por errores en el ejercicio de las prácticas o en el peor de los casos ocultar verdaderos actos delictivos.

En el caso de la desaparición forzada de Santiago Maldonado les toca el turno, en primer lugar, a los jefes políticos del ejecutivo nacional como máximos responsables de la conducción de las fuerzas de seguridad, quienes a partir de la primera mentira de la ministra Bullrich sienten la necesidad de abroquelarse para bancar la parada. La “parada”, como todos sabemos, no es ni más ni menos que el lugar atroz, en el que vuelven a poner al estado nacional y al que el pueblo argentino  en su gran mayoría jamás pensó volver.

En segundo lugar y tal vez como obedientes acompañantes de esa primera mentira, aparece la Gendarmería Nacional, cuyos miembros, se sienten en la obligación de salvar el buen nombre y honor de toda la fuerza, repitiendo a los cuatro vientos frases del tipo: “la gendarmería no fue” o “la gendarmería es la fuerza de mayor prestigio”, intentando cerrar el círculo de encubrimientos para ocultar lo inocultable.

Gran parte de lo ocurrido se hubiera evitado si los responsables, hubieran salido a la luz en el momento justo, pero a los gobiernos impolutos y a las fuerzas inmaculadas los mata la soberbia y la imposibilidad de mostrar alguna imperfección ante la sociedad. Con hacerse cargo de la suerte corrida por Santiago, asumiendo las responsabilidades y sometiéndose a la justicia, se hubiera evitado todo este entramado de intrigas vergonzosas que a mi manera de ver, pueden constituirse en el principio del fin del experimento amarillo en el gobierno, por más que una parte de la sociedad se muestre más preocupada por pintar el cabildo que por la desaparición forzada de personas y la represión de quienes protestan por esa desaparición.

Algo que no se tiene en cuenta y suele perturbar la vida de los gendarmes es que viven en el escuadrón, pero comparten los días con el resto de los habitantes del pueblo y entonces atrás del “espíritu de cuerpo”, aparecen los salpicados por la onda expansiva de la explosión que no son más que los parientes cercanos, amigos, vecinos, etc. de aquellos que en bloque intentan esconder, consiente o inconscientemente, lo ocurrido.

Estos participantes indirectos del conflicto, se ven obligados a mantenerse adentro del círculo de protección, soportando los avatares de la vida cotidiana fuera del mismo, es decir, en la escuela, los negocios del barrio, el club, los trabajos, etc. donde se habla con naturalidad del asunto y donde por eso, la presión suele ser bastante insoportable. Con derecho podrían preguntarse: ¿Porque tengo que hacerme el gil para proteger al boludo que se mandó la cagada? Y con derecho podrían responderse: “Al carajo con el secreto, yo no tengo porqué vivir así, porque yo no hice nada”.

Por eso, es posible que el hermetismo se quiebre por el lado menos pensado, a pesar del esfuerzo que la mayoría de la corporación haga, para tapar el sol con las manos. Es probable que algún integrante de la corporación, algún hijo, alguna esposa, alguna madre o hermano, harto de soportar el día a día con la mentira, se quiebre y haga caer el castillo de naipes construido.

Vale para el cierre, referirse a la paradoja que nos plantea este modelo de gobierno neoliberal que por un lado nos invita a pensarnos en singular y a desarrollarnos desde el mérito individual y por el otro intenta hacerse fuerte desde el “espíritu de cuerpo” para protegerse en lo colectivo. Nos invitan para sobresalir y sobrevivir solitos ante el poder omnímodo del mercado, pero a la hora de resolver sus entuertos se refugian en la solidaridad del conjunto.

Uno podría decirles: “No sean cagones muchachos, den la cara y pongan lo que hay que poner para resolver el quilombo que ustedes mismos armaron”. Los individuos son responsables de sus actos y la mejor manera de defender a las instituciones y al conjunto de sus integrantes, es colaborando para que la verdad aparezca y los culpables sean separados de sus cargos y juzgados como corresponde.

De lo contrario, sepan que la imagen de Santiago Maldonado los va a seguir con el aliento en la nuca hasta el último día de sus vidas.

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