Beatles 3

McCartney en Argentina

Remedio para melancólicos

Por El Arcángel

Nací en 1960, en el mismo momento en que los Beatles decidieron asomarse al mundo desde la  ventana de un club nocturno en Hamburgo.

Pasé toda mi vida sin meditar sobre ese punto hasta que anoche en el Estadio Único de la Plata me di cuenta, gracias al señor McCartney (a quien no había visto nunca antes), que ellos me habían acompañado durante toda la vida sin yo haberme dado cuenta.

Su música nos acompañó durante los vibrantes años 70, lo hizo en forma hipnótica mientras caminábamos convencidos de que la revolución no solo era posible, sino  que estaba al alcance de nuestras manos y nos acompañó, en bajo volumen, cuando la noche nos alcanzó. Cuando el terror se esparció y nos obligó al escondite y el silencio, secretamente nos susurraron al oído que había un lugar diferente donde refugiarse.

No sé si fueron los mejores, ni los primeros, pero juntos o separados crearon  ese rito que hoy conocemos como ver un recital de rock.

La noche fría de La Plata se fue llenando de miles de buscadores del remedio para melancólicos. Varias generaciones fluyeron tras el mismo llamado, bajo una luna que indiferente no se sentía convocada al ritual psicodélico. Psicodelia que se desplegó desde el principio a travistiendo a las tecnológicas pantallas gigantes en telas donde un trazo propio del Yellow Submarine nos llenó de colores y remembranzas.

15 minutos tras la hora señalada, los Beatles, representados por uno solo,  empezaron un largo repaso de nuestras vidas. Porque es eso lo que se juega en la pasión desplegada por cincuenta mil  almas que saben de memoria (en un inglés de mierda, como diría Capusoto) todas y cada una de las canciones, con breves reposos de tres o cuatro canciones del nuevo álbum.

Como explicar la sensación de una brisa tibia que te trae el recuerdo del aprendizaje de  los primeros acordes en la guitarra, los primeros “asaltos” donde una tenue oscuridad nos asomaba al abismo del deseo. Los eternos debates con  eternos amigos, la soledad de las noches, la búsqueda insaciable de un sentido, victorias, derrotas.  Sensaciones y momentos que quedaron entrelazados eternamente con sus melodías y nos  marcaron  para siempre.

Todos fuimos convocados a recordar en una increíble representación de lo que fue y lo que nunca fue. Porque la mayoría de las canciones ayer presentadas nunca fueron tocadas en vivo por los Beatles (dejaron de tocar en 1966). Lo que hizo McCartney fue mostrarnos un poco de lo que podría haber sido. No tocaron versiones remozadas de las canciones de los Beatles, tocaron  los Beatles. Y nos sentimos devorados por una melancolía de lo que podría haber sido, con ellos, con nuestra vida, con nuestro país.

Nos dejamos llevar eufóricos por el camino propuesto., los mayores les contaban a los más chicos historias, anécdotas y significados ocultos. “Algún día le contarás a tus nietos que viste en vivo a McCartney”,  como quien hoy escucha los viejos relatos del que vio a Stravinski o a Rashmaninov. Lágrimas rodaron por los más duros rostros. La alegría nos emborrachó y olvidamos por un momento la derrota y fuimos jóvenes junto a los jóvenes y sabios entre los sabios.

Los acordes de “The End” nos anunciaron el final que ya conocíamos y, en paz, nos fuimos, lentamente, juntos, disfrutando de nuestras vidas y de nuestra historia. Una historia fantástica, agridulce,  única y nuestra. Y fuimos felices.

FacebookTwitterGoogle+

1 comentario en “McCartney en ArgentinaComentá →

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *