Trabajo y cuidado

Trabajo & Cuidado

Daniel Hernández (Grupo Perú)

En el discurso de asunción de Mayo del 2003, Néstor Kirchner pronunció una de esas frases que solo muestran su significado con el paso del tiempo. Es bastante conocida, pero conviene recordarla ahora, no solo porque mucha agua ha corrido bajo el puente y su sentido se muestra ya vestido de historia, sino porque ella revela mucho del sentido de la situación que hoy estamos viviendo.

“No voy a dejar -decía- mis convicciones en la puerta de la Casa Rosada”.

Cuando la escuchamos aquella vez no sabíamos si se trataba de esas frases que todo buen discurso político debe incluir o, en todo caso, qué era lo que estaba entrando a la Casa de Gobierno. Hoy ya lo sabemos, el contenido de esas convicciones fue haciendo su camino en estos doce años.

Entró a la Rosada el empleo como un valor al que deben ajustarse otros, por importantes y urgentes que parezcan en cada situación. También lo hizo, un poco más tarde, otro valor que bien podemos llamar “protección del cuidado”; las condiciones para el cuidado de los hijos y el de nuestros viejos adquirieron un sitial propio en los despachos del gobierno, distinto e igual al del empleo. Desde esos despachos pelearon contra contendientes poderosos; la deuda externa, las corridas cambiarias, la fuga de divisas, la inflación, la resistencia de los sectores exportadores, la inflación, la crisis de las hipotecas, los buitres, las presiones mediáticas. No interesan aquí los aciertos o desaciertos de cada batalla, el punto es que la desocupación cayó al 6,6% el año pasado, los salarios se recompusieron en términos reales, el trabajo no registrado diminuyó (pero no lo suficiente) en torno al 30% y la transferencia de recursos hacia las mujeres embarazadas, las familias, los jóvenes, los viejos, fue enorme (sólo en términos de prestaciones directas la población cubierta creció en estos años de 4,6 a 11,6 millones).

Indignó que “empleo & cuidado” prevalecieran en las decisiones sobre deuda, tipo de cambio, equilibrio fiscal, comercio exterior, precios agropecuarios, estructura del negocio petrolero.

Pero el tiempo mostró que aquellas palabras guardaban también otro significado. Al entrar a la Rosada estas convicciones se hicieron política y la revitalizaron como actividad que no solo afirma valores de las mayorías populares como trabajar y cuidar, sino que recupera y construye las capacidades para decidir y actuar para realizarlos. No molestó que un presidente expresara que tenía convicciones, indignó que el empleo y el cuidado fueran los criterios que guiaran las decisiones respecto de la deuda, el tipo de cambio, el equilibrio fiscal, el manejo del comercio exterior, los precios de los productos agropecuarios, la estructura del negocio petrolero.

El día que asume el nuevo gobierno, el presidente bailaba en el balcón de la Rosada frente a una plaza semivacía. Solo hicieron falta unos días para ver al empleo expulsado del gobierno y asomarse un futuro de familias golpeadas por la pérdida de ingresos y abandonadas a si mismas en la tarea de criar hijos, sostener su escolaridad, asistir a los abuelos, luchar por mantener vínculos en situaciones difíciles. Empleo y cuidado son, a partir de ese día, meras consecuencias de decisiones que se toman a partir de otros criterios. El sitio de estas convicciones ahora lo ocupan el dólar de equilibrio, la atracción de inversiones, el riesgo país, la masa monetaria, la reducción del déficit fiscal.

Un cambio como este supone despolitizar al gobierno y a la actividad estatal, llenarla de CEOs y discursos “técnicos” que no necesitan pueblo para legitimarse. La política que se admite es aquella cuya tarea fundamental es decidir no decidir y hacer de esta decisión lo más irreversible que se pueda para generar confianza en quienes pueden “salvarnos”, la “comunidad financiera internacional”, que queda así libre de las restricciones de cualquier convicción que movilice voluntades y apoyos para imponerse.

Es probable que la cárcel de Milagro Salas y las operaciones judiciales que apuntan a Cristina no sean más que operaciones de marketing para desplazar la atención de los problemas que este cambio tan brutal de políticas genera sobre la población. Pero creemos que también forman parte de esa operación mayor de extirpación de la política de la sociedad. Y los argentinos sabemos lo que pasa cuando el poder desplaza desde el Estado a la política a las fronteras del delito. Pero sabemos ya también como enfrentar esta violencia, politizando nuestras convicciones para hacerlas llegar a la casa Rosada.

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