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Sobre la falacia del gradualismo

Daniel Hernández (Grupo Perú)

Pierre Bourdieu ha extendido el uso del concepto de capital para hablar de otras realidades sociales, más allá de la economía. El Estado mismo, puede ser entendido como capital, como una gran masa de recursos -institucionales, normativos, financieros, técnicos, logísticos- que las fuerzas políticas invierten para organizar y transformar los distintos ámbitos de la vida social. Como en los primeros gobiernos de Perón, la década kirchnerista se caracterizó por una fuerte expansión de la actividad estatal. La creación de empleo, la expansión de la seguridad social, el dinamismo de la industria, el destino de las economías regionales, la construcción de la memoria, el reconocimiento de derechos a la diversidad sexual, por mencionar algunos de estos ámbitos, estuvieron asociados con un incremento de la estatalidad de las relaciones que los definen. “Estado presente” es la fórmula que se utilizó para dar cuenta de la amplia movilización de recursos estatales para reorganizar estos ámbitos, con mayor o menor éxito, en la dirección pretendida.

Pero la actividad estatal, como la de todo capital, tiene un doble movimiento; no solo produce, también acumula. Más aún, es esa acumulación la que determina las condiciones en las que puede, en cada momento, producir; es decir, movilizar sus recursos para ordenar ámbitos de la vida social. Pensemos en lo que podía contar Nestor Kirchner en el año 2003 para ordenar una sociedad atravesada por enormes fracturas y derechos conculcados: un Estado quebrado, incapaz de garantizar la moneda, pagar sueldos, plantearse problemas más allá de la enorme crisis de la que formaba parte. Cómo imaginar que unos años después se universalizarían las jubilaciones, se establecerían mecanismos de actualización regulares, se institucionalizaría la Asignación por Hijo, se apoyaría a embarazadas y jóvenes. Para que esto fuera posible fue necesaria una gran acumulación de recursos estatales. La experiencia kirchnerista es una de expansión de la actividad estatal y de acumulación de recursos en el sector público. Más aún, ambas dinámicas estuvieron estrechamente vinculadas. Lo que se hace debe servir para acumular y la acumulación es para hacer. Si el país se desendeuda o aumenta sus reservas es para acumular poder de político, pero ese poder solo adquiere sentido si se invierte en el juego de la vida social para, por ejemplo, promover la creación de empleo, ampliar la protección social mejorar los servicios o la infraestructura pública. Y estas acciones adquieren sentido si permiten acumular estatalidad para poder plantearse desafíos mayores.

Estas reflexiones, creo yo, son útiles no solo para analizar la experiencia del último gobierno peronista, también permiten una lectura del proyecto que expresa hoy el macrismo y proporcionan claves para pensar las tareas que deberemos asumir cuando volvamos. Vayamos al macrismo.

Una de las cosas que parecen sorprendernos es que un gobierno de derecha conviva con un déficit fiscal tan elevado. El déficit primario del año 2016 fue un 53% superior al del último año del gobierno de Cristina. Los ingresos crecieron por debajo de la inflación y muy por debajo si se deja de lado el blanqueo -un ingreso por única vez-. Suena en principio extraño que un gobierno populista cuide mejor la caja que uno de signo neoliberal. Más aún cuando se considera que el déficit se explica no solo por la renuncia a ingresos como las retenciones y la caída del nivel de actividad, sino también por un aumento del gasto primario.

Otra cosa que llama la atención es la dirección de la política previsional que, como se sabe, representa un porcentaje central en la composición del gasto público. Al mismo tiempo que el Estado comienza a desprenderse de acciones del Fondo de Garantía de Sustentabilidad introduce en la agenda la rebaja de los aportes patronales y la reforma del sistema para el año 2019, medidas todas que acentuarían el déficit.

En otro plano, pero en la misma línea, sorprenden las “torpezas” en la gestión que se expresan en subejecución presupuestaria, retrasos en las obras por falta de firmas, paralización de áreas relevantes de la administración.

La explicación corriente a estas aparentes incongruencias son las restricciones políticas al ajuste y el gradualismo por el que habría optado el gobierno, que no serían compatibles con el redistribucionismo al revés que se impulsa y que se agrava por la falta de experiencia y capacidad de gestión.

Sin embargo, no parece ésta una buena descripción de la estrategia efectiva del macrismo hasta la fecha. Lo que su conducta muestra es más bien un esfuerzo por desestatalizar la sociedad, no solo dejando de hacer cosas sino también destruyendo recursos estatales acumulados que permiten ordenar ámbitos relevantes de la vida social. El ajuste ya ha comenzado y está centrado en la dimensión de acumulación. Solo falta tiempo para que se manifieste con más crudeza en la actividad directa del Estado en los ámbitos más sensibles.

Cuando esto suceda, se lo presentará como una consecuencia inevitable de algo que se oculta bajo el disfraz del gradualismo o la torpeza. Un estado ya sin capacidades ni recursos ni siquiera tiene que “decidir” las medidas “drásticas” que tome. Estas son solo el desenlace de su impotencia. Claro, una impotencia pacientemente construida. Como en tiempos de De la Rúa cuando Patricia Bulrrich justificaba la baja de los salarios y las jubilaciones, el macrismo se prepara para decir: “es una medida dura pero necesaria y nosotros tuvimos el coraje de tomarla”. El gobierno necesita la crisis de la que poder salvarnos. La derecha la viene buscando desde el 2003. Y se prepara dilapidando el capital estatal acumulado para poder decir, “acéptenlo, no nos quedaba otra”. Eso sí, acumulando capacidad represiva para los que no lo hagan.

Nuestra tarea será parecida a la que se encontró Néstor en el 2003. No solo prepararnos para hacer las cosas en las que creemos sino también para fortalecer y acumular los recursos estatales que hagan posible ese proyecto.

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