paso hegemonia

Las PASO y la hegemonía negativa

Por Jorge Sotelo (Revista La Calle)
  1. Las PASO para las elecciones de octubre no tuvieron el comportamiento típico de una elección legislativa. Tuvieron -como muchos preanunciaron- un carácter plebiscitario. Pero no fue la gestión de Macri el objeto en cuestión, ni tampoco la más lejana gestión de CFK. La clave fue profundamente ideológica: la sociedad argentina parece querer dirimir en las urnas la pugna entre dos cosmovisiones. Las visiones plebeya y patricia del mundo, para decirlo de un modo vagamente romano. Una mirada popular, inclusiva, de ampliación de derechos, más o menos populista, por un lado, y, por el otro, una visión elitista, nostálgica de cierto orden perdido, más o menos liberal.
  2. Sería un error pensar que la segunda, por ser elitista, está circunscripta a las elites. Es vasta la cantidad de argentinos de sectores medios y populares que se encuentran inmersos en ella. El macrismo es su emergente político contemporáneo, pero ésta es preexistente y, más allá de su versión actual, tiene una prosapia reconocible. Quizá el triunfo de Cambiemos, y el retroceso de los gobiernos populistas en AL, haya envalentonado a muchos que antes profesaban sus valores de manera un tanto vergonzante. Una suerte de alergia a las minorías se manifiesta en sus miradas sobre los pobres, los mapuches, los aymaras, los movimientos de mujeres, los inmigrantes (latinoamericanos); una visión reaccionara del derecho se expresa en su rechazo a las posiciones garantistas, en su fastidio ante los derechos humanos, en su deseo de llevar la imputabilidad a púberes y niños; un marcado rechazo a la protesta de los sectores postergados contrasta con su tendencia a justificar los privilegios de los poderosos. Estas representaciones hacen sentido sólo en el marco de una concepción meritocrática e individualista del progreso, que frecuentemente contrasta de manera llamativa con la historia individual de quienes profesan esta visión del mundo.
  3. Más allá del modo en que esta tensión tiñó las elecciones, el veredicto de las urnas no trajo grandes novedades. En términos de las opciones contendientes, ha sido una buena elección de Cambiemos y también del kirchnerismo, así como una mala elección de Lousteau, Masa y los gobernadores peronistas. Sin embargo, de acuerdo a clivajes más profundos, se podría decir que la cosa no ha variado tanto. Si se suman los votos de Unidad Ciudadana, 1País y Cumplir –estas dos últimas lideradas e integradas por exfuncionarios destacados del kirchnerismo– se obtienen los valores de las mejores elecciones del FPV (45% en 2007 y 55% en 2011). ¿Qué cambió? Que el kirchnerismo -que en su momento logró construir una hegemonía que le permitió mantener en el mismo barco a actores que coincidían en algunas cosas y diferían en otras- tuvo que enfrentar conflictos propios del rumbo elegido y debió radicalizarse en dichas luchas, astillando el frente que había logrado conformar.
  4. Pareciera que el macrismo hoy ejerce una hegemonía similar, pero de signo contrario. Esa percepción es errónea. El gobierno ha desarrollado cierta empatía con una parte de la ciudadanía imbuida en la cosmovisión elitista liberal, sin embargo, su propio proyecto económico marca los límites de una hegemonía duradera. El neoliberalismo periférico no contempla la inclusión de diversos actores económicos y sociales importantes en nuestro país. Se trata de una hegemonía fisurada antes de nacer y que, más temprano que tarde, hará mella en la empatía ciudadana.
  5. No habría que confundir votos con hegemonía. El macrismo no ha logrado amalgamar intereses, probablemente ni siquiera despierte ya esperanzas en sus votantes. Oficia de armadura ocasional de la visión elitista liberal de una parte importante de los ciudadanos argentinos. Por eso hábilmente ostenta, junto a su retórica del diálogo, un perfil restaurador agresivo de vieja estirpe, alejado de las derechas modernas y civilizadas (si es que un oxímoron de tal tipo tiene lugar en algún lado). Lo que sí el establishment ha construido eficazmente es lo que podríamos llamar una hegemonía negativa. Esto es, para decirlo en términos laclausianos:
  • si bien han logrado la dicotomización del espacio social, no lo han hecho en nombre de “los de abajo” sino en nombre “de lo mejor de los ciudadanos”
  • si bien no han logrado la construcción de un significante vacío que enhebre diversas cadenas de demandas insatisfechas (Macri no es eso, Cambiemos tampoco), han logrado, en cambio, unir diversas cadenas de condenas sociales en torno al nombre “Cristina” o “kirchnerismo”.
Eficazmente construida la danza de significantes que amalgama yegua, chorros, vagos, planeros, corrupción, soberbia, violentos, mentirosos, kukas, kakas, negro, cabeza viene logrando que, ante la falta de una hegemonía positiva, los “ciudadanos” los sigan apoyando, a pesar del desangelado proyecto de país que propone Cambiemos. No sólo energúmenos miembros de foros de diarios, sino también personas cultas e inteligentes y hasta prestigiosos académicos caen en sus redes y condenan a personas sólo por su pertenencia o cercanía con el kirchnerismo.
El problema de este tipo de mecanismo que funciona como una suerte de hegemonía negativa es que al no sustentarse en una base material su eficacia no puede mantenerse en el tiempo. De hecho, realza la sorprendente vigencia política que tiene el propio kirchnerismo[1].
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[1] Un aspecto que no se ha señalado suficientemente es la manera flagrante en que los resultados de las PASO refutan las acusaciones de clientelismo con la que se despreció sistemáticamente a los votantes del FPV. Alejado hace dos años del poder el kirchnerismo se encuentra imposibilitado de canjear votos por favores, como se lo ha acusado hasta el cansancio; de modo que el más de un tercio de la población que lo respalda representa un voto duro que responde a convicciones más que a conveniencias ocasionales.
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