Volver 2

Quiénes? Por dónde? Y para qué?

Por Jorge Sotelo (Grupo Perú / Revista La Calle)


Se ha instalado en estos días que el deseo de volver es añoranza del pasado y que, en tal caso, volver es reaccionario. Para Heráclito volver era imposible: en el incesante devenir de la realidad el regreso al pasado naufraga. Paradójicamente, el devenir sería imposible sin un obstinado retorno. La condición de posibilidad del cambio es el conflicto, el devenir es lucha de opuestos que viven uno la muerte del otro, πόλεμος no separa los contrarios sino que los empuja constantemente el uno hacia y contra el otro. Eso supone un regreso permanente al campo de batalla.


Volver no es reaccionario. Se vuelve a la calle, se vuelve a la lucha, se vuelve a insistir. “A volver…” quiere decir que queremos volver a La Casa Rosada. A tener formalmente el poder político para implementar proyectos que favorezcan a las mayorías populares. El tema es quiénes vamos a volver, por dónde y para qué.

El peronismo no logra superar la división entre renovadores, kirchneristas y ortodoxos, dicen los diarios. Está claro que -si bien el peronismo es la fuerza que puede estructurar la opción que destrone a Macri- hoy la cosa no pasa por lo que sucede con la dirigencia de saco y corbata. En la actual etapa de reflujo y hasta el 2018 la clave esta en la calle, en la resistencia, en la defensa de los derechos. Marchas, concentraciones y plazas así lo indican.

Advertíamos en otros escritos que la confrontación durante el gobierno de Cambiemos iba a tener un fuerte protagonismo de los trabajadores organizados. El modelo de política social resultante de la experiencia kirchnerista es un híbrido configurado por el tipo de iniciativas tomadas durante sus distinta etapas. Así coexisten tres patrones: políticas de tipo asistencial, políticas estructuradas en torno al trabajo formal y políticas de corte redistributivo basada en derechos universales. En un gobierno neoliberal es de esperar que se acentúen las primeras y se intenten suprimir -o diluir con el paso del tiempo- las últimas. A su vez, una novedad del siglo XXI es que los movimiento sociales se han convertido en organizaciones paraestatales, una suerte de polea de transmisión imprescindible de las políticas asistenciales. Es comprensible entonces que el gobierno intente mantener buenas relaciones con ellos, les haga concesiones e intente establecer alianzas (recordemos las buenas relaciones Stanley-Pérsico). En tanto que también es previsible que un modelo económico que cierra sólo con salarios bajos y alta desocupación establezca, en el corto plazo, un conflicto sostenido con el trabajo.

Pero los movimientos sociales del siglo XXI tienen una característica particular: se definen a sí mismo como organizaciones de trabajadores desocupados o también como trabajadores de la economía popular. A medida que prime el conflicto con el trabajo, esta identidad irá prevaleciendo por sobre su función de brazo de las políticas asistenciales. Esto se hizo evidente en el derrotero de algunas organizaciones -como el Movimiento Evita, que luego de un primer extravío de relacionamiento con el gobierno o de incursión en la política dirigencial, tratando de sostener acuerdos con el bloque justicialista o con el massismo- han confluido en el último tiempo con las CTAs y la CGT.

La confluencia de los movimientos sociales y el movimiento obrero organizado es sumamente auspiciosa y, de sostenerse, será una de las novedades más importantes de este tiempo. Subraya la identidad laburante de estos movimientos y les proporciona un valioso paraguas institucional. A la vez, amplía la definición sindical de una manera que hasta ahora no se había logrado e iniciará una dinámica desconocida de relaciones entre ambos mundos que puede ser enriquecedora para la resistencia popular.

Sigo pensando que el segundo plano que adquirió el espacio K –e incluso lo que se ha dado en llamar el proceso de disgregación- resultó en tal sentido conveniente y necesario. Y se relaciona, a mi entender, con una lectura de CFK que, por otra parte, decidió sustraerse de las peleas menores y no intentó retener a nadie en torno a sí. Este proceso no sólo es positivo para las fuerzas populares sino también para el propio proyecto K.

Creo CFK no debe jugar en 2017: el Congreso no es en este momento un escenario importante. Creo que hay que acompañar con paciencia y consideración los movimientos de reordenamiento de las organizaciones populares.

Y no obstante, CFK es la única líder con densidad que podría dar continuidad en el terreno político a un proyecto con márgenes importantes de autonomía respecto de los poderes facticos, de cara a 2019. Eso será un experimento diferente al ciclo 2003-2015. Responderá mas a un proceso de lucha con protagonismo en la base que a la dinámica de salida de la crisis y posterior construcción de arriba hacia abajo, que caracterizó al primer ciclo. Sería una experiencia nueva. Habría que estar preparados. Sería más interesante. Implicaría volver mejores.

Si volvemos mejores, tenemos a mi entender –entre muchos otros- cinco temas en la agenda, en los que hemos tenido importantes déficits que se pueden leer más detalladamente acá.

  1. La estrategia de inclusión: la relación entre consumo, bienes y servicios públicos y gestión estratégica de políticas sectoriales.
  2. Reforma profunda del único poder republicano que no es electo a través del voto popular directo, siempre colonizado por la autoridad política y los grupos económicos: el Poder Judicial.
  3. Una estrategia más agresiva respecto del poder mediático que conserva intacta su capacidad para condicionar políticas, proteger gobiernos, fabricar crisis, influir en la opinión pública, poner y sacar presidentes.
  4. Una buena administración de las fases de trasformación e institucionalización que evite los procesos de sobrepolitización que excedan la tolerancia de la gente y mine el consenso popular.
  5. Un proceso sistemático, estratégico y profundamente político de construcción popular que minimice el riesgo de futuros reflujos
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